Estoy casado hace seis años. Por nuestras pro¬fesiones viajamos mucho y hace un año nos estableci¬mos en Uruguay. Desde entonces pudimos dedicar¬nos mucho más a nuestra sexualidad.
Hace más o menos seis meses, cuando buscá¬bamos enriquecer nuestra vida sexual, se nos ocurrió comprar algún artículo para incorporar a la cama. Nuestra sexualidad es bastante amplia y nos gusta mucho jugar con nuestras fantasías. Esa vez conse¬guimos un vibrador, que tenía como fin el estímulo del clítoris y también para penetrarla. Este juego fue muy bueno y elevó nuestro erotismo, que como ya le contaba era bastante alto, pero siempre encontramos algo para divertirnos más.
El tema es que en medio de tanto juego un día a ella se le ocurrió estimularme a mí con el vibrador, era su fantasía.
En realidad comenzó como una caricia, pero luego se volvió más sexual, dedicándose a la zona anal.
Por supuesto somos muy abiertos a experi¬mentar y a disfrutar de nosotros mismos, y este jue¬go nuevo de nuestra pareja me gustó; descubrí algo nuevo que nunca había experimentado ¡y esto me parece fantástico! ¡Todavía hay cosas para descubrir con mi pareja! Creo que lo pude disfrutar porque no tengo prejuicios, o la idea persecutoria de que esto me transforme en homosexual o algo así.
Por lo menos en este aspecto, yo estoy segu¬ro de que no lo soy; intuyo que para ser homosexual a uno le tienen que gustar los hombres y segurísimo que los hombres no me atraen sexualmente.
Creo que esta confianza en mí y en ella han permitido que nos entreguemos a juegos de cambios de roles y que ella pueda ser la que tiene el poder y domine en el sexo.Quizá usted pensará que tengo alguna fijación con el pene y esas cosas que evalúan los psicólogos, y puede ser pero estoy seguro de que no me gustan los hombres.
Ahora, lo que me lleva a consultarla es una inquietud que me genera el hecho de que ella, desde que comenzamos, fue queriendo repetir esto cada vez más, hasta tal punto que ahora, de cada tres relacio¬nes, dos se dedican solo a que ella lleve el control y me penetre a mí y no yo a ella. Parece que le gusta más hacérmelo ella, que recibirlo de mí.
Queda claro que lo disfruto, pero también que quede claro que yo se lo haría todos los días y no tendría problema si ella dejara de hacérmelo tan se¬guido.
Debo confesar también que se me pasó por la mente la idea de que quizá, al verme en una posición de receptor y pasividad, perdí mi atractivo como va¬rón para ella; aunque no lo dice, quizá su inconsciente lo siente.
Aclaro que nuestra relación está muy bien, solo que ahora soy yo más penetrado que ella. ¿Nece¬sitamos terapia?
Gracias por su tiempo y consejo.
Mi nombre es Juan P. y tengo cuarenta años.

En realidad lo que nos cuenta no es tan infrecuente como quizá cree. En la pareja, si ambos están disfrutando y ninguno hace algo contra su voluntad, todo vale. Por lo ge¬neral los juegos y las fantasías dicen mucho de nosotros, pero no necesariamente de nuestra orientación sexual, sino de la concepción del manejo del poder, de la creatividad, las moti¬vaciones y los deseos.Nuestras prácticas sexuales son el reflejo de nuestro espíritu erótico (esa parte de nosotros con la cual manifes¬tamos nuestras energías libidinales tan naturales como otras energías vitales). Nuestro erotismo se alimenta de nuestras experiencias, informaciones, creencias y estímulos recibidos durante toda la vida, y cada uno de nosotros tiene una combi¬nación única.
Es muy bueno poder compartir estas iniciativas con una pareja, ya que, en esencia, el erotismo buscará el vínculo, así que poder compartir juegos y fantasías de manera respe¬tuosa y con los límites que cada uno marca sería parte impor¬tante de lo que consideramos riqueza sexual.
Respecto a los prejuicios y condicionamientos sobre la orientación sexual (que hace tantos años nos acompañan y aún viven entre nosotros), debemos decir que tienen poder, pues no se ha recibido información habilitante para poder en¬tender ciertos conceptos desde otro punto de vista.
Culturalmente nos han dicho que el estímulo de la zona anal, en el varón, es signo inequívoco de homosexua¬lidad. Es lógico entonces que si un varón estimula esta zona accidentalmente y lo disfruta, lo primero que piensa es que puede serlo y lo rechaza de plano y sin cuestionamientos, si no es gay o si maneja estos temores.
Es condicionamiento, ni más ni menos.
Si a un varón desde chiquito le dicen: “los hombres no lloran”, “llorar es de débiles”... etcétera, cuando un día se encuentre angustiado y con ganas de llorar, sumará a su an¬gustia el sentimiento de debilidad que le fue inculcado y las culpas que suelen venir en el paquete.
La zona anal es una zona erógena en varones y mu¬jeres, tiene terminaciones nerviosas erotizables, y con una práctica correcta y cuidados acordes, puede ser disfrutable para muchos.El tema de los cambios de roles ya va un poquito más allá; en esto todo se hace más emocional y subjetivo.
El tema del estímulo o no del ano queda relegado por el tema del poder y del dominio sobre el otro. Esto no tiene por qué ser patológico o problemático, si ambos están de acuerdo con dar vueltas los estándares o disfrutar de las variantes po¬sibles en un juego interpersonal.
En este caso, pueden pasar estas cosas u otras. En rea¬lidad sus mundos eróticos pueden tener mucho contenido, muy rico para poder ser analizado a la ligera; pero podemos especular que quizá ella esté pasando por un momento de novedad y le gustó tener el poder. Esto quizá en ella significa un catalizador para sus fantasías. Odio rienda suelta a alguna pulsión que no se había permitido hasta el momento.
Aunque no se puede descartar de plano que ella haya cambiado su manera de verlo o que las señales de masculini¬dad, como se entienden culturalmente, hayan sido trastoca¬das en su inconsciente, tampoco podemos confirmar que así sea y no necesariamente tendría que suceder, sobre todo en los tiempos actuales, en los cuales se está transitando hacia una equiparación de los roles y hacia reducir las brechas de las diferencias y del machismo.